Episodio 4: Aceptación y Compromiso



Cuando ya has pasado por y profundizado en un buen puñado de filosofías de vida y sigues cayendo, con un poco de suerte en menos ocasiones y en menor medida, en los mismos estados emocionales de sufrimiento y en actitudes negativas hacia otros y contigo mismo, comienzas a cuestionarte si todas estas prácticas y filosofías tienen fallos o si algo estás haciendo mal, o no lo suficiente.

A veces pienso que el fallo lo tengo yo.



Fui educada en los extremos. El bien y el mal, tanto en lo ético como en lo práctico, no tenían gama de grises en el mundo que se me enseñó a vivir.


Cuando eres peque todo tiene que cuadrar con la información que se te da. Si tus padres te dicen que algo está bien o una persona es buena, pues es verdad, si algo está mal o hay que desconfiar de alguien pues también es verdad. Construyes tus comportamientos y tus emociones a razón de esas verdades. Ya sé que no te estoy descubriendo nada nuevo pero sigue conmigo un momento.

Esto de lo bueno y lo malo cuando eres un niño puede ir desde lo que nuestros padres consideraron básico hasta temas que son relativamente superficiales, pero imagina cuando tiene que ver con tomar tus propias decisiones o darte cuenta de lo valioso o prescindible que eres, lo mucho o poco que se puede confiar en ti o las obligaciones y estándares que tienes que cumplir para ser aprobado o respetado por tus compañeros y tu familia.

También eso se aprende, verdades relativas que hoy nos mueven como “la brújula de cómo son las cosas”.

Antes de seguir permítaseme un disclaimer para decir que en vista de cómo está el mundo ya me puedo dar con un gran canto en los dientes y agradecer cada día haber nacido con las circunstancias que he nacido.

Mis padres, como los de cualquier hijo de vecino, hicieron (y hacen) todo desde una motivación de amor y protección y que ellos, como los tuyos, aprendieron de sus padres ciertas cosas y así, como en El Rey León, pues el ciclo sin fin. 

Sigo.

Te contaba arriba lo de ver la vida en blanco y negro y sin grises porque cuando, hasta hace poco, me decidía a estudiar y practicar algún tipo de filosofía de vida que en ese momento resonaba conmigo, me metía de lleno y no aceptaba ningún tipo de fusión porque desde mi punto de vista “lo corrompería y no podría llegar al fondo del asunto”. 

Mi argumentario mental era que si no lo hacías como estaba escrito era, o porque no lo habías entendido, porque no tenías narices de comprometerte o porque eras un comodón que se lo inventaba para que no le retase mucho.

Ahí otra creencia que asoma la naricita: “quien algo quiere algo le cuesta”, prima hermana de “para presumir hay que sufrir”. De estas y de sus consecuencias en mi lucha y sufrimiento personal ya hablaré otro día.

Huelga decir que no todo el mundo tiene la necesidad de seguir ningún tipo de filosofía, yo hasta la fecha sí. Ya fuese por ser más feliz, desarrollarme como persona, quitarme de encima el run-run mental o simplemente por tener un marco de acción en el que lo que hay que hacer está claro, lo que hay que evitar también y un modus operandi que me haga sentir que estoy “en control” si sigo las normas a rajatabla (ahí va otro aprendizaje de la infancia y más metros down the rabbit hole).

He pasado del ascetismo más radical al capitalismo más competitivo, del catolicismo opusiano al budismo mahayana, de ése al theravada porque el mahayana “se daba demasiadas licencias”... mira tú el ego espiritual supurando en cada pranayama.

Lo he probado todo, desde el hedonismo hasta la represión, desde el veganismo al “dame toda la carne”, de creer en dios a no creer en nada, de Deppak Chopra a Sam Harris... cuarenta años dan para mucho, sobretodo para perderse mientras buscas.

Y sí, de vez en cuando hay momentos de lucidez, momentos en los que te demuestras que esta nueva filosofía realmente te da respuestas y luego, en unos años (o meses), comienzas a dudar de todo otra vez, de si lo quieres, de si te sirve, de si quizás esta otra que ataca lo que ahora mismo me preocupa desde un punto de vista totalmente opuesto a la anterior...

Por el camino van quedando restos de todas, una huellas son más profundas que otras, se alimentan entre sí e incluso se contradicen. Algo muy bueno cuando necesito agarrarme a un creencia contraria a la anterior e irme de rositas con el conflicto.

La mente de mono o el aburrimiento supino será. O quizás una necesidad visceral de ver cómo la mente puede tragarse lo que le echen mientras pueda cuadrar lo que ve, lo que entiende y lo que necesita creer en ese momento. Como con los padres, buscaremos inconscientemente aquellas demostraciones tangibles de que esta nueva teoría es verdad descartando lo que no cuadre como fallos o con disculpas en la línea de “el universo que sabe lo que quiere para mí”.

No me digas que la respuesta está en mi interior, ya lo sé mujer, el problema es la pregunta, que a veces acierto y más veces no, como todos. De hecho a veces ni siquiera pregunto porque con tanta mochila de prácticas espirituales y terapias psicológicas de algún modo pienso que para qué preguntar nada si ya me lo he estudiado todo…¡ahí es ná! o la meta trampa que reza tal que así: “si todo está en mi interior no necesito más que escucharme” y ¡ay señor! qué fácil es manipularse a uno mismo.

Seguro que, como yo, alguna vez te has puesto un parche emocional que a la larga ha jodido el invento más si cabe.

Te doy ejemplos. 

  • Bajo el mantra “me quiero y me cuido” puede existir una motivación escondida de miedo y desarrollar un orgullo bien feote.
  • En el famoso “salir de mi zona de confort y desarrollar disciplina” me sacrifico al punto del abuso mental y físico por un supuesto bien mayor.
  • Luego está el “para ser feliz hay que pensar en positivo”. De manera automática creamos un mecanismo que rechaza cualquier tipo de dolor emocional.
  • Y finalmente la famosa “aceptación de la historia de cada cual y empatía por su sufrimiento ajeno” que en realidad esconde una aversión tremenda al enfrentamiento y nos sube el ego espiritual a tope.
Que sin darnos cuenta nos podemos estar haciendo la trampa todo el rato, vamos.


Aun con veinte años de meditación a mis espaldas la mente sigue estando bien cargada de trastos, pero hay algunas verdades (mis verdades) que se mantienen. 
  1. A mis dudas psicológicas y filosóficas la mente pocas veces me va a dar respuestas objetivas ya sean temas de opinión, de emoción o sobre el futuro. 
  2. El estar convencida de algo solo porque creo que es verdad es cagada pastoret. 
  3. La mayoría de mis decisiones automáticas van a estar motivadas por algún tipo de miedo.
  4. Da igual qué filosofía siga si la sigo para escapar o para encontrar algo.
  5. Las teorías que desarrolle hoy me servirán hoy.
  6. Hay apego escondido detrás de cada agradecimiento.

¿Es importante si esas verdades son verdades universales? 

NO Lo importante es si me sirve sin generar más problemas entre bambalinas, como los que pueden causar los engaños que te he puesto en los ejemplos de aquí arriba. 

¿Es importante si esas verdades son verdad “para mí”?

TAMPOCO porque me apego y siento que necesito defenderme. Lo importante es si no me estoy haciendo la trampa creyendo que de verdad es mi verdad. Me explico: en realidad en la mayoría de los casos es la verdad aprendida de otros, un cocktail de aprendizajes. Solo estoy ensayando y haciendo análisis selectivo de los resultados.


Te lanzo una de esas metáforas que suenan super profundas.

“Comprende que la mente es como un río: cuando miras un punto fijo el agua es diferente todo el tiempo y puedes ver los cambios en ella aunque todo parezca igual. Si te dejas llevar por los meandros te mueves con ella y aunque parezca que todo cambia el agua debajo de tu barca es siempre la misma.”

¿Qué significa reflexión que suena tan cuqui? Pues absolutamente nada. Es simplemente un experimento para que te des cuenta de que esta metáfora en realidad va a significar lo que tú quieras que signifique, al final vas a hacer como hacemos todo: cuadrar lo que ya crees saber con lo que yo vomito hoy aquí. Sin drama, comportamiento normal del ser humano.


Me ha costado soltar mucho para llegar a las frases que van a cerrar el episodio de esta semana. 

Esta mujer que se educó en el blanco y el negro, en el sacrificio y la disciplina, en los juicios constantes de valor está poco a poco desvaneciéndose… me estoy volviendo un poco traslúcida de identidad y eso, aunque da miedo es liberador.

Cierro.

Hoy me digo que mejor dejar de buscar “la verdad” o dejar de querer entender “la realidad última”, soltar las ideas metafísicas de “yoes superiores” o “universos que escuchan” porque me llevan al mundo de las creencias placebo y la felicidad basada en el hedonismo espiritual y por ende a comportamientos mentales que no me ayudan a tener una psicología sana. 

Hoy comienzo a aceptar mis cambios de dirección sin argumentarlos, comprender que de todo se saca algo, a veces sirve para un tiempo, otras para siempre y a veces para nada y comprometerme desde la paciencia conmigo misma. Esa es la filosofía que me sirve… ahora. 


Te animo a que te cuestiones tus creencias todo el tiempo (las que juzgas buenas y útiles también) y a que veas si al cuestionarte huyes de la duda apegándote, ya sea con arrogancia o con miedo al sufrimiento (lo mismo), a lo que te sirve llamándolo “tu verdad”.

Ya disertaré en otro episodio sobre el libre albedrío y la capacidad real de decisión que podemos llegar a tener.

Lo dicho, aceptación y compromiso.

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