Episodio 5: Personajes y Silencio



¿Cuántos papeles representamos? ¿Cuánto sombreros nos ponemos? ¿Dónde quedas tú, el intérprete, en todo este teatro?

Somos seres humanos, con todos sus aspectos: el físico, el mental, el social, el personal, el profesional. Ninguno de ellos fijos ni estables, todos en continua evolución y cambio, todos con sus sutiles líneas de separación.


Mis interacciones profesionales pueden dejar de lado mis necesidades y mis aspectos personales (dependiendo de mi posición en la conversación) y, aunque es imposible que no transpiren el uno en el otro, cuando nos presentamos frente a una persona u otra, nos compartimentamos. 

Piensa un momento, seguro que hay diferencias en tu manera de ser en una reunión de trabajo que en una cita con cierto chico de Tinder, o que eres una persona en una cena con tus padres y otra diferente en una revisión con un cliente.

Es lógico y normal porque hay unos estándares de comportamiento, unas formas y unas expectativas que se supone debemos mantener, al igual que las que desarrollamos nosotros frente a quien tenemos delante. Hay que cumplir con el rol y lo hacemos de manera natural aunque sea por aquello de mantener el status quo del entorno social en cuestión.

Lo que también es verdad es que a menudo nos identificamos con parte de lo que hemos creado, con uno de los personajes, normalmente al que temporalmente hemos bautizado como "yo", negando nuestra realidad humana casi esquizofrénica, obvio.

Diferenciar nuestros comportamientos, cambiar incluso la estética, medir palabras y leer entre líneas es algo que hacemos ya de manera automática en cada una de nuestras interacciones sociales. 

En el silencio de la soledad es cuando nos dejamos ser completos.

En ese silencio sabemos, si deseamos ser honestos, si nos estamos engañando, convenciendo o ignorando. Solo nosotros sabemos cuánto nos queremos, cuán comprometidos con nosotros mismos estamos con ciertos personajes que interpretamos, cuánto estamos dispuestos a perdonar, sacrificar, soltar y abrazar.

A veces siento que la vida es un teatro y solo cuando estamos solos y en silencio, escuchando, es cuando realmente podemos conocer el personaje (o personajes) que estamos interpretando sobre las tablas y no, nosotros no somos un personaje más, somos el intérprete, la actriz detrás de las máscaras y sombreros.

Si no me permito tiempo a solas entre bambalinas para observar a mis personajes, si no me doy el silencio necesario para que hable la actriz, poco a poco me voy convirtiendo en una amalgama de disfraces, líneas de guión y comportamientos ensayados. La persona que las interpreta desaparece y me dedico a cultivar a la amante, la hija, la vecina, la hermana, la emprendedora, la estudiante, la yoguini, la lectora, la escritora...

Con el tiempo me hago amiga y enemiga de los papeles que interpreto, tomo partido por unos, rechazo sin poder evitar los otros. Me digo que la vida esto o aquello cuando en realidad solo me guío por lo que ocurre en las tablas y si hay o no aplauso en el público.

A la larga me identifico con los que me dan más satisfacción, el mayor número de chutes de dopamina, endorfinas, la cantidad necesaria de melatonina y aunque todo es pura matemática química yo le sigo llamando "esto es bueno y esto es malo" porque me ayuda a navegar el escenario.

Me apego a ciertas partes del poliedro construido tras años de ensayos y éstas comienzan a tomar control sobre las que no me gustan tanto. Me divido y me olvido de mi misma mientras me sumerjo en mis personalidades y roles construidos.

La parte espiritual quiere convencer a la terrenal de que deben abrazarse en una danza desigual donde la primera se supone mejor que la segunda aunque se susurren lo contrario. Mi parte personal se inmiscuye en la profesional cuando estoy cansada y a la inversa cuando me siento vacía. Mis papeles se pelean entre sí, se someten, llegan a acuerdos, se abrazan, se aman y se odian y por el camino yo desaparezco.

¿Cómo sería invertir tiempo suficiente entre bambalinas conociendo a la actriz? ¿Desaparecerían los papeles o se interpretarían desde la diversión y el desapego?

En ello estoy.

Yo no soy poliédrica (y tú tampoco). Nuestros personajes creados nos hacen sentir así, pero no somos nuestros personajes, tampoco somos luces y sombras.

Sólo somos en el silencio (el auditivo, el visual y el mental). Es ahí donde los cambios se entienden evolutivos, donde empezar algo nuevo no da miedo porque empezó antes de que nos diésemos cuenta, donde soltar ciertos guiones y vestuarios es lo más natural del mundo.

Diría más, somos silencio en movimiento, silencio eterno, eso somos... o al menos eso es lo que uno de mis personajes me hace creer hoy.

Entenderme así me facilita entender a otras personas, no juzgarlas, no cambiarlas, no ponerme las gafas de ver lo que quiero ver. 

Entenderme así me acerca a la calma en los momentos supuestamente difíciles de la performance escénica, puedo darle un giro a la trama y hacerlo desde la honestidad y el desapego.

Entenderme así me permite evolucionar, crecer, entregarme, buscar, jugar, descansar, divertirme.

Entenderme así me muestra lo que es realmente importante en cada acto y que los personajes que aparecieron al principio de la obra de teatro no necesariamente se inmiscuyan en la evolución de los que ahora toman las tablas.

No sé si tú te has planteado alguna vez que eres todos esos personajes o que no eres ninguno, si te has parado a escuchar en silencio y te has sentido vacía y llena a la vez. 

Si lo has experimentado alguna vez estarás conmigo que es una sensación extraña pero llena de un potencial impresionante. ¿Lo sientes así?

1 comentario:

  1. Sí, lo siento así, Lou. Qué reflexión más profunda y en qué buen momento me llega. GRACIAS.

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